la innovación bonita

LA INNOVACIÓN BONITA by Ivan Babic

Más allá de la (escueta y limitada y aburrida y fría) tecnología.

Cada vez que mencionamos la palabra innovación, nos solemos remitir erróneamente a batas blancas, laboratorios, tubos de ensayo, electrónicos, y grandes inversiones en Investigación y Desarrollo. Pareciera que no somos capaces de imaginarnos innovación sin todo el glamour y la complejidad de inextricables jerigonzas, terminologías diseñadas para excluir al vulgar pagano en medio de un argot que sólo los entendidos entienden. Universo amurallado de tecnócratas que pretenden marcar una línea entre el yo sí, y ustedes (mortales) no.

Ha estado tan arraigado este concepto durante años, que aún hoy es el CONACYT, o sea, el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología, el principal encargado de promover la innovación y administrar la mayoría de los recursos provenientes del Estado Mexicano para tal fin. Basta con hacer una rápida búsqueda en Google de las palabras “convocatorias innovación México” (las palabras correctas si uno lo que quiere es bajar dinero del Estado para promover la innovación) para darse cuenta de que el paradigma es cierto: si uno quiere innovar en México, se tiene que poner una bata blanca y hablar de forma que sólo unos pocos le entiendan.

Nada más lejano de la realidad actual, y esto debería ser un llamado a la autocrítica y la revisión de los modelos. La innovación debe deberse al mercado y sus posibles beneficiarios futuros y, como tal, debe partir de un objetivo (que podríamos llamar) comercial. No hay innovación viable que no responda a una necesidad real de los consumidores allá afuera. Todo lo demás es un juego de azar: desarrollar algo y luego ver si a alguien le sirve. Es un desperdicio inútil de recursos y tiempo, y recursos otra vez. Es producto de trabajar sólo con el hemisferio izquierdo del cerebro, mirándose el ombligo, alimentando el ego con la comprobación de hipótesis que sólo interesan a quien las comprueba. Y luego entonces viene el baño de realidad: continuamente me encuentro con científicos incubados, acelerados y apoyados por distintos organismos, que terminan llamándome porque “no le encuentran aplicación comercial ni salida al mercado a los inventos e innovaciones que tardaron muchos años y pesos en lograr”. Y la mayoría de las veces ya no hay nada que hacer.

Es hora de actualizar el culto a la racionalidad, las ciencias exactas y los beneficios financieros, integrando elementos más modernos como la creatividad, el arte, la conciencia, el bienestar y la espiritualidad.

No me malinterpreten, no quiero decir que se trate de una visión netamente mercantil y pesetera, nada más alejado de mi intención. Al contrario, se trata de entender problemas y necesidades, y darlo todo por resolverlas, muy a pesar de los gustos personales o el rédito que pueda dejar la ecuación. Ford buscaba desarrollar el motor y el coche porque sabía que la gente se quería desplazar más rápido. Edison (o Tesla, ahora que ya no es políticamente incorrecto, y hasta cool, mencionarlo) buscaba iluminar la noche. Jobs buscaba desarrollar el computador personal de escritorio. Branson quiere hacer de los vuelos espaciales algo cotidiano. Todos ellos científicos directos, o simples promotores de la ciencia y la innovación, siempre al servicio de la humanidad.

El verdadero avance de nuestra humanidad no se debe a las batas blancas ni a los banqueros deseosos de jugosas ganancias para sus gordas cuentas. La innovación bonita, esa que juega con la imaginación y siembra elementos disruptivos en las ecuaciones de nuestras vidas, se debe a aquellos que entienden la innovación como un campo fértil de juegos, donde el fin último es el bienestar de todos, y todo se vale para lograrlo. No hizo falta ni una sola bata blanca para sacudir hasta sus cimientos las industrias de la hostelería o la transportación, y brindarnos vía crowdsourcing a las empresas más grandes del mundo en ambos rubros, AIRBNB y UBER, sin necesidad de tener un sólo ladrillo o llanta a su nombre. Su principal aporte e innovación fue en su modelo de negocio, su modelo de operaciones, y absolutamente en su oferta hacia el mercado meta, cabalgando 100% en tendencias de mentalidad y comportamiento ya establecidas (Distrust Culture, The Reign of the Urban Nomads, The Power of the Crowd, Experience Economy, entre otras). Sí, son apps muy bien hechas, pero no son rocket science (cómo sí lo es el proyecto de Branson, literalmente).

La innovación bonita debe ser simple y servir a la especie humana, desde el principio, desde el propósito de buscar la innovación en sí misma para el bien común. Debe ser un ejercicio de humildad y moralidad. Resolver un problema que muchos quieren resolver, o que afecta a muchos, debería ser el reto autoimpuesto para los innovadores y creativos de este mundo. Se deben sentar a la mesa los hemisferios izquierdos y derechos de los cerebros, y los corazones y agallas (o sea, huevos) y, totalmente reconciliados, buscar la colaboración para la trascendencia en la mejora de las condiciones de vida de la especie humana. Sólo en el desarrollo de la conciencia y la búsqueda del bienestar general radica la verdadera creatividad positiva, la verdadera sustentabilidad a largo plazo, la verdadera ganancia para la especie humana, para todos y para cada uno de nosotros, a través de la innovación.

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UN BUEN PROCESO DE INNOVACIÓN ES…

– CONTINUO, no comienza ni termina, es cíclico, iterativo y se autoalimenta a sí mismo de sus propios errores y aprendizajes.

– CREATIVO, parte de una premisa sin censuras, libre, en un balance entre muchos tipos de inteligencia, entre más mejor.

– COLABORATIVO, varias personas discutiendo y aportando para resolver una misma problemática a la vez.

– DIRIGIDO, necesita un brief, un propósito, un problema a resolver, un aspecto a mejorar en la vida de alguien. Las mentes con propósito son mucho más productivas. Los problemas concretos despiertan y retan el ingenio de la gente.

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THE RED PILL by Andrea Lobo

DISTRUST CULTURE (Cultura de la desconfianza)

Cada vez confiamos menos en las instituciones, bancos, políticos, medios, marcas y publicidad en general. Ni siquiera nos fiamos de nuestros vecinos. Tenemos una actitud escéptica ante todo. Estamos tan “infoxicados” que es difícil saber quién es quién, y quién está diciendo la verdad. Siempre verificamos nuestras fuentes de información, varias veces, para tomar decisiones inteligentes. Queremos sentirnos conectados con más personas y que algo realmente nos toque el corazón. Deseamos seguridad, honestidad, integridad, transparencia, compromiso, toque humano, narrativas reales, recomendaciones confiables, datos validados… buscamos lo auténtico.

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publicado en:

REVISTA NEO – SEPTIEMBRE 2016 – http://www.revistaneo.com/revistadigital/neo/septiembre16/index.html#/50/